martes, 30 de octubre de 2018

Recuerdos lejanos que parecen retazos de un sueño, un sueño hecho realidad...



Hace un par de días me puse un poco melancólica, recordando todo lo vivido el fin de semana anterior en la Madrid Games Week, y necesitaba narrar y expresar todo lo vivido en el evento, pero desde un punto de vista mucho más personal y abriendo mi corazón, por lo que me dio por escribir el texto que viene a continuación, quizá el más íntimo que haya publicado nunca en este humilde blog...

Dicen que los días lluviosos son tristes y melancólicos, aunque, en mi caso, siempre me ha gustado ver llover; escuchar la lluvia liberando cada una de las gotas que caen sobre las calles, los parques, los árboles, y ese característico olor a tierra mojada que invade sin permiso mi olfato son sensaciones que ayudan a mi estado emocional, me relajan y me hacen sentir bien. Sin embargo, hoy no he tenido esa sensación que durante tantos años me ha acompañado en días de lluvia.

Hoy he experimentado esa melancolía, esa tristeza que dicen que transmite la lluvia, y casi que ahora entiendo esa expresión que usan los angloparlantes cuando dicen que se sienten como el tiempo, pues me siento algo apagada y alicaída, ya que esta mañana la lluvia no sólo ha dejado caer gotitas de agua sobre mi pelo al haberme pillado desprevenida fuera de casa, sino que también me ha dejado caer gotitas de bellos recuerdos que ahora afloran en mis pensamientos e, irremediablemente, hacen que esboce una melancólica sonrisa en mi cara: hace una semana mi marido y yo pusimos rumbo a Madrid para vivir una aventura, y digo bien al llamarlo “aventura”, pues, a pesar de saber axiomáticamente que allí acudiríamos a una feria de videojuegos, la Madrid Games Week, lugar donde se reunirían adeptos como yo a dicha industria, sabíamos que en aquel punto de encuentro coincidiríamos con ciertas personas a las que, como mi fiel lector sabrá, aprecio y quiero muchísimo, pero desconocíamos qué habría más allá de ese primer encuentro.

Sin embargo, mi cuerpo se vio invadido por el nerviosismo y la agitación, sentía una mezcla de temor e ilusión, vergüenza y emoción. Hace justo una semana partimos en un viaje de unas cuantas horas hasta Ifema, y en el camino nos acompañaba la lluvia, pero en ese viaje no pudo cumplir con su acostumbrada función de transmitirme serenidad y calma, los sentimientos fueron más fuertes, y con cada kilómetro que recortábamos, las emociones iban haciéndose notar cada vez más. En alguna que otra ocasión sugerí dar la vuelta y no llegar a nuestro destino, tal era la inquietud que sentía, pero mi compañero de aventuras, que iba al volante, siguió su camino sin vacilar.

A mitad de camino la lluvia nos abandonó, y un resplandeciente sol ocupó su lugar, acompañándonos hasta el final del trayecto. Mi apacible lluvia se marchó en el momento más inoportuno, no había nada en ese instante a lo que poder aferrarme para calmar mis nervios, ni siquiera un poco de música porque olvidé el pendrive con la banda sonora que había preparado para tan largo viaje. Tan sólo las palabras de un marido cariñoso y atento pudieron serenarme cuando por fin llegamos a las puertas del recinto ferial de Madrid.

Vaya por delante que, a pesar de que no es ni por asomo la primera vez que vamos a la capital española, sí que lo fue a un evento de estas magnitudes, ideal para un megalómano cualquiera, pero no para mí, que siempre he evitado localizaciones concurridas y momentos de aforo máximo. Todavía me planteaba la opción de dar la vuelta y no entrar al recinto, pero la mano que sujetaba la mía no me soltó y me animó a seguir adelante. Dimos una vuelta por el recinto de ingentes dimensiones y repleto de gente, hasta que localizamos una llave espada cuyo tamaño no desentonaba con el del pabellón en el que nos encontrábamos. Seguimos andando, mirando a un lado y a otro, explorando el mapeado cual personaje de un RPG que acaba de llegar a una nueva ciudad, buscando sin saber qué busca exactamente, hasta que da con algo que le llama la atención o le sirve para continuar con su aventura, como fue al llegar a la recreación de la habitación de Andy, donde, una vez más, el colosal tamaño del escenario me hacía sentir todavía más diminuta. Y ahí fue donde nos plantamos, al final de una larga y serpenteante cola de gente ansiosa, como nosotros, por probar Kingdom Hearts III en forma de demo.


Llegó, entonces, el momento de avisar de mi llegada; en el instante en que enviase ese mensaje ya no habría vuelta atrás, y, con cierto temblor, saqué mi móvil, escribí un mensajito y lo envié. “Alea jacta est”, pensé. Casi al instante recibí una llamada de teléfono para contestar a ese mensaje que acababa de mandar, y la dulce voz de Miguel me preguntó dónde nos encontrábamos. Le indiqué nuestra posición, pero antes de que colgásemos sendos teléfonos ya nos vimos. Fue extraño porque nosotros sí conocíamos su rostro, pero él a nosotros no nos había visto nunca antes, y, aun así, nos encontró, y no sólo eso, sino que su cara expresaba alegría por habernos localizado; vino a nuestro encuentro a paso ligero, y su recibimiento con ese abrazo y esa sonrisa fue de lo más cálido y acogedor. Además, venía acompañado de Daniel, de quien recibí otro fuerte y cariñoso abrazo. La voz me temblaba, me costaba hablar por la emoción, pues no esperaba un recibimiento tan acogedor, nunca imaginé tanta afectuosidad, y, de repente, me sentí como si flotara en una mullidita nube, ya que me encontraba rodeada de unos buenos amigos que fueron muy amables, tiernos y cariñosos conmigo. Junto a ellos distinguí un rostro nuevo, Raúl, y cuando me lo presentaron no podía creer que estaba ante alguien al que llevaba mucho tiempo siguiendo a través de cierta red social, pero al que nunca había puesto cara, y no pude evitar darle un fuerte abrazo también cuando me dijeron quién era, además de que su reacción para con nosotros fue también de lo más cordial y agradable.

El momento del encuentro fue tan emocionante y emotivo como corto en el tiempo, pues tenían que ausentarse para hacer otras cosas por el recinto, así que nosotros nos quedamos ocupando nuestro puesto en la aún larga cola, aunque ya no éramos de ninguna manera los últimos en la misma. No pasó ni medio minuto desde que el trío que nos recibió se marchó cuando me di cuenta de que la ansiedad y la agitación se habían transformado en alegría y emoción, fue un encuentro que iba más allá del mero saludo y unas presentaciones formales; sentí como si nos conociéramos de toda la vida, ya que me hicieron sentir muy cómoda y relajada. Los nervios que traía a cuestas durante todo el viaje hasta Madrid no me dejaron pensar que pudiera darse una situación tan acogedora como la que tuve.

Con esta sensación en el cuerpo, me envalentoné y me dispuse a hacer un barrido con la mirada en busca de alguna otra cara conocida, pero no fui yo, sino Dai quien divisó un rostro bien célebre, acompañado por alguien cuyo semblante era desconocido para nosotros, pero muy similar al del primero. De alguna manera me salió un vocativo en voz alta, apenas me dio tiempo a pensar si hacerlo o no, simplemente lo hice, y le llamé por su nombre. Dani se paró en busca de la voz que había pronunciado su nombre, y le hice señas con las manos para facilitarle la búsqueda; no me conocía, y, sin embargo, se acercó con una sonrisa a saludar, pero en su expresión se podía leer perfectamente “no sé quién eres, pero tú sí me conoces, así que me acerco a saludarte”. Ese gesto ya decía mucho de él como persona, pero cuando volvió a escuchar mi voz al preguntarle “¿Sabes quién soy?”, su sonrisa se esbozó de forma aún más notable, las manos fueron hacia su cara, pero no consiguieron ocultar su enorme sonrisa, se quedó paralizado y perplejo al no dar crédito al reconocer a la persona frente a la que se encontraba y que había pronunciado su nombre, pero yo aún estaba más perpleja al ver que le bastó una frase mía para reconocerme por mi voz, y cuando se lo confirmé el abrazo fue inmediato, de nuevo me sentí emocionada por estar ante alguien por quien siento tanto aprecio y quiero tanto, pero noté que el sentimiento era mutuo, y este contexto no podía hacerme más feliz. Me presentó a su hermano, Pablo, y estuvimos intercambiando palabras, impresiones y emociones durante bastante rato, pues, lejos de querer irse a otro sitio a probar otros juegos o estar con otra gente, Dani nos acompañó en nuestra espera para probar por primera vez la demo de Kingdom Hearts III, y, aunque decía que ya le dolía un poco la garganta de tanto hablar todo el día, no dejó de darnos conversación y hacernos mucho más amena la ya mencionada espera.

Ahí no acaba todo, pues llegó un punto en el que, al avanzar la cola cada diez minutos, nos situamos frente a un puesto del remaster de un querido dragoncito violeta que vuelve a las consolas después de tantos años, y fue ahí, en ese punto, cuando Dani no fue la única compañía que tuvimos, ya que no sólo regresó Daniel, sino que le puse cara a otro compañero de redes sociales, Fran, a quien me encantó poder conocer por fin y nos dio también una cálida bienvenida; conocí a Kmos, quien se alegró de ponerme cara, ya que él sí me conocía a mí, y también me presentaron a Javier, al que no conocía por su cara, pero cuando me dijeron cuál era su nick entonces la alegría sí que fue inmensa porque él me ha acompañado durante muchos vídeos en el poco tiempo que llevo en este mundillo, y siempre es agradable poder conocer a quien te sigue y te apoya desde hace tantos meses. Lo más impactante es que me decía que le daba vergüenza venir a saludarme, ¡como si yo fuera alguien importante! Si él supiera los nervios que llevaba yo encima desde varios días atrás… El caso es que fue una alegría inmensa estar rodeada de toda esta gente que, a pesar de conocernos poco, fueron muy agradables y amenizaron ese tiempo que nos quedaba hasta poder entrar a la zona dedicada al nuevo y tan anhelado título de las aventuras de Sora y compañía.

Pero aún faltaba alguien más, me quedaba por ver al último de mis custodios, y no tardó en aparecer entre todos estos nuevos amigos, quienes le confirmaron quién era la chica que se encontraba rodeada por ellos. La expresión en su cara no difería a la de los anteriores, y el abrazo que me regaló fue igual de tierno y cariñoso. No podía creer que me encontrara también junto a mi adorado Sven, pero tampoco podía terminar de creer que estuvieran todos allí, que todos me hubieran recibido con una gran sonrisa y con tanto cariño. Me pareció un momento mágico a la vez que inolvidable.

La cola seguía su camino y nosotros debíamos seguir avanzando. Atrás quedaron estos buenos amigos, salvo Dani, que prefirió seguir con nosotros un ratito más, y así fue hasta que por fin nos encontrábamos en la siguiente tanda para entrar a ocupar uno de los puestos disponibles para probar la esperada demo. Sin embargo, no sólo nos regaló su compañía hasta el final de la espera, sino que se ofreció a hacer cola de nuevo para que volviéramos a jugar la demo, un gesto que demostraba, una vez más, la maravillosa persona que teníamos delante y por el que le dimos un sincero “gracias”, pero tuvimos que rechazar esa generosa oferta, pues no podíamos pretender tenerle haciendo otra vez cola por nosotros, él merecía terminar de disfrutar de su experiencia por Madrid, ya que Dani sólo iba para un día, y nosotros todavía estaríamos una jornada más, de manera que, antes de pasar a la zona de prueba de la demo, nos despedimos hasta la noche, pues Daniel y Miguel habían organizado una cena con varios miembros de la comunidad de Kingdom Hearts. Kmos y Dani me preguntaron momentos antes si nosotros íbamos a ir, pero yo aún estaba indecisa, pues la gran timidez que me acompaña desde casi toda la vida me impedía ser más asertiva. Miré a Dai y sólo me dijo: “Lo que tú decidas”, pero el hecho de sentirme tan cómoda con ellos y de haber sido recibida con tanto cariño fue lo que inclinó la balanza hacia el “sí”.

Omitiré en esta entrada todo lo relacionado con la experiencia al jugar a la demo de Kingdom Hearts III, puesto que es algo ya narrado en un vídeo que subí al canal y porque aquí sólo quiero centrarme en el aspecto más personal y emocional de lo que viví en Madrid.


Para cuando terminamos esa primera partida, poco tiempo quedaba para hacer nada más por el recinto, así que dimos un par de vueltas, explorando una vez más el mapeado por si se nos hubiera escapado algún cofre con un interesante tesoro. Pero no fue un cofre o un objeto lo que encontramos, sino que nos llegó un mensaje que cambió un poco el sentido de la trama: Miguel no iba a ir a la cena, pero prometió vernos al día siguiente. Esta parte nos entristeció, pues apenas habíamos estado con él y no deseábamos que nuestro encuentro acabara así, de manera que quedamos para vernos el domingo a primera hora en el recinto ferial donde nos encontrábamos. Al no asistir él a la cena, me puso en contacto con Daniel, quien nos citó en un restaurante del centro de Madrid a una hora a la que veía imposible llegar, ya que, aunque la feria cerraba a las ocho de la tarde, una hora más tarde nosotros seguíamos atrapados en el parking del mismo. Mi preocupación se intensificaba al igual que la lluvia que comenzó a caer en el instante en que empezamos a hacer una nueva cola, esta vez para el cajero del aparcamiento, la cual se hizo mucho más eterna que la de la demo, pero la cola para salir del recinto fue mucho peor, apenas nos movíamos, y conforme la lluvia iba volviéndose más notable, más triste me sentía yo por estar perdiendo un tiempo tan valioso de poder estar con toda la gente que tan feliz me había hecho sentir.

Después de varios atascos más por las calles de Madrid, zona centro, sábado por la noche, lluvia notable y parkings privados completos, la misión de llegar al menos al restaurante citado se convirtió en algo más complejo que la mazmorra de Pitioss, pero al final lo conseguimos, con la grandísima suerte de ver a alguien que sacaba su coche de una plaza que, hasta ese momento, estuvo ocupando y que ahora sería para nosotros. Otro toque de suerte fue que, justo en ese momento, la lluvia había cesado, por lo que pudimos ir a paso ligero hasta el punto de encuentro acordado. Sin embargo, nuestra suerte acabó ahí: no veíamos al grupo por ningún sitio. Entramos al restaurante y no distinguimos ningún rostro conocido entre la multitud. Hice un par de llamadas mientras Dai enviaba algún mensaje, pero no obtuvimos respuesta. Dimos unas cuantas vueltas por alrededor por si hubieran terminado de cenar y hubieran salido, puesto que para cuando llegamos nosotros era ya muy tarde. Finalmente decidimos esperar en la pizzería de enfrente, mirando hacia la entrada del restaurante por si les viéramos salir o pasar cerca, dejando un último mensaje avisando de dónde nos encontrábamos. Y de nuevo la suerte nos sonrió, no se habían ido, ¡seguían allí! Resulta que el restaurante tenía una planta inferior y, al desconocer este dato, ni se nos ocurrió echar un vistazo por ahí, así que pedimos que nos trajeran cuanto antes la cuenta para salir disparados hacia la entrada del restaurante. Fue en ese instante cuando empezó a salir del local un numeroso grupo de jóvenes, entre los que reconocí unas cuantas caras. “¡Ahí están!”, exclamé, y me sentí muy aliviada al poder verles de nuevo. Cuando nos acercamos a ellos, vino corriendo Daniel a disculparse, diciendo que se sentía culpable… ¡De eso nada! El único culpable fue el maldito atasco a la salida del Ifema, que, junto con el tráfico madrileño, nos impidió llegar a tiempo a la cena. Le di un fortísimo abrazo porque no quería que se sintiera mal por nada, estábamos juntos y eso era lo importante, demasiado había hecho ya por nosotros.

El grupo era bastante numeroso, había algún rostro conocido y varios desconocidos, pero el ambiente que se respiraba allí era muy bueno, y de nuevo me volví a sentir cómoda, ya con los nervios a cero porque me encontraba una vez más con personas queridas. De entre ellos se me acercó un rostro familiar, Jandro, a quien también tenía muchas ganas de conocer y de quien me llevé también un fortísimo abrazo. Y entre el barullo de tanta gente hablando, surgió la idea de hacernos una foto todos juntos. Dai me miró para ver cuál sería mi reacción, sabiendo que yo soy una persona que siempre huye de las cámaras, ya sean de vídeo, de fotos, o de móviles, de un tiempo a esta parte he ido dejando una estela de época oscura en la que nada se puede saber de mí si nos ceñimos a documentación fotográfica o visual. Pero era un momento mágico, una escena que no sabía si en el futuro se volvería a repetir, y había costado mucho llegar hasta ella, tanto por el viaje a Madrid como por la superación del reto de salir del parking y llegar hasta el lugar acordado, por lo que decidí aparecer también en esa foto. Quizá mi rostro sea el que más desentone en esa instantánea por ser la menos favorecida de todos, por suerte el porcentaje que ocupo en la fotografía no es para nada elevado y casi se puede omitir; al menos espero que mi semblante refleje la felicidad que llevaba encima. A pesar de lo dicho, esa foto la guardo con muchísimo cariño, ya que no la tengo puesta para verme a mí, sino para ver a todos aquellos que me hicieron sentir tan feliz aquel día y a los que prometí volver a ver para poder charlar y pasar más tiempo juntos, tanto a los que ya conocía como a los que aún no tuve el placer, cuya promesa fue realizada tácitamente.

Tras esto, el grupo se disolvió, cada uno regresaba a su refugio nocturno, y nosotros tuvimos la suerte de coincidir en el trayecto con mis queridos Daniel y Sven, pero otros como Dani o Fran debían marchar en otra dirección, así que nos despedimos de todos ellos con un tierno abrazo y deseándoles un feliz viaje de retorno y la promesa de volver a vernos en el futuro. Durante el paseo por las calles del centro de Madrid íbamos en muy buena compañía, pero el camino fue muy corto, ya que pronto llegamos hasta donde teníamos el coche aparcado. Daniel y Sven nos dieron un poquito más de conversación, pudimos hablar de algunas anécdotas y reírnos un rato más, pero, una vez más, el tiempo juntos llegaba a su fin y, aunque acordamos vernos al día siguiente, yo me sentía triste por tener que separarme ya de ellos, no sin antes darnos otro fortísimo abrazo. ¡Cuánto cariño desprendido en un gesto tan sencillo! Y así Dai y yo regresamos a nuestro alojamiento con la esperanza de poder volver a verles al día siguiente.

Domingo por la mañana, el sol aún no había salido cuando yo ya estaba levantada, impaciente por llegar cuanto antes a Ifema, aunque aún llevaba arrastrando algo de cansancio del día anterior, y no era la única. En cuanto estuvimos listos, partimos por última vez hacia el recinto ferial, pero, al ser primera hora, de nuevo nos tocó hacer cola, esta vez para entrar. No tuvimos que esperar tanto como el día previo para jugar a la demo; además, dio la casualidad de que, justo detrás de nosotros, había un grupillo de paisanos nuestros que iban haciendo chistes de la situación, comparando el ingente tamaño del recinto con las relativamente pequeñas dimensiones del de nuestra ciudad, y desde luego nos hicieron reír el rato de la espera en la cola y nos transmitieron buen rollo. Fue entonces cuando me puse en contacto con Miguel, quien ya estaba dentro. Esta vez la espera para probar la demo de Kingdom Hearts III fue en compañía de Miguel, que estaba junto a un colega, Fran, y con quienes estuvimos intercambiando impresiones sobre la demo y el evento en general. Era la primera vez que Fran iba a jugarlo y se le veía con muchas ganas, y hay que decir que ese ratito en la cola volvió a ser amenizado por la buena compañía que teníamos. Fue después, al salir de probar la demo, tras intercambiar de nuevo impresiones y experiencias, nos enteramos de quién era realmente Fran, el cual, al igual que Raúl, llevaba una página que sigo casi desde que empecé en este mundillo de las redes sociales, por lo que fue una nueva alegría.

Ahí nos tuvimos que separar, cada uno iba a un sitio distinto, pero parecía que ya no iba a ver a mis otros custodios, ya que salían en poco tiempo para sus respectivos hogares y ya no les iba a dar tiempo. Al rato, Miguel me volvió a escribir diciendo que también debía irse para tomar el tren, así que no dudamos en ir a buscarle para poder despedirnos de él. El abrazo que nos dio fue igual de intenso que el del día anterior, pues las despedidas siempre son tristes, pero nosotros nos quedamos con lo bien que lo pasamos en su compañía, que, aunque durante poco tiempo, fue maravillosa. Y así fue como me despedí de mi último custodio, quien en ningún momento dejó de mostrar su cariño y afecto hacia nosotros.


Después de dar unas cuantas vueltas más por el recinto y hacer cola otras tantas veces, nos acercamos al stand de Game Tribune porque quería comprar la revista donde aparecía publicado un artículo de mi querida Marta, y cuando me enteré de que estaba por allí quise conocerla personalmente, así que Dai preguntó por ella y, muy poco después, apareció por allí y le dijeron: “Marta, este chico pregunta por ti”, y su cara fue de extrañeza porque, obviamente, no le conocía de nada, pero cuando me acerqué yo y le dije quién era, se emocionó tanto que hasta pegó un salto y me dio un fortísimo abrazo a la vez que me decía: “¡Eres tú! ¡Tu voz!” No podía creer que reconociera tan rápidamente mi voz, pero mucho menos la emoción que sintió al vernos. Si ya el día anterior me sentí querida y apreciada, con Marta esto no fue para nada diferente, el cariño que nos regaló fue realmente tan inmenso como intenso, y no sólo se quedó un buen rato hablando con nosotros, sino que nos mostró la maquetación de su nuevo libro que iba a salir por kickstarter y que, como muchos sabrán ya, ha sido todo un éxito casi al momento de publicarse en dicha página, y además nos lo mostró con una ilusión que nos contagió su emoción por este nuevo proyecto. Marta es de esas personas que irradian ilusión y pasión por lo que hace, unos sentimientos muy contagiosos cuando estás con ella, además de ser una persona muy dulce, amable y entrañable.

Será difícil olvidar ese gran momento que pasamos juntos los tres, se nos ha quedado grabado a fuego en nuestros corazones, como también ha quedado marcado todo lo que vivimos el día anterior con la comunidad de Kingdom Hearts, especialmente con mis custodios. Al menos pude despedirme bien de ellos, pero, ahora que lo pienso, ¿acaso existen las buenas despedidas? Cuando se trata de alguien que ni fu ni fa puede que sí, pero cuando es el caso de alguien a quien quieres tanto, como Miguel, Sven, Daniel, Dani o Marta, ¿se trata de una buena despedida? Es un momento en cierto sentido triste y desconcertante, pues, al ser cada uno de una ciudad distinta, no sabemos si nos volveremos a ver en el futuro, si habrá algún acontecimiento que nos vuelva a reunir a todos algún día como lo ha conseguido la oportunidad de probar Kingdom Hearts III cien días antes de su salida.

Por la tarde ya debíamos volver a casa, el camino que nos esperaba era igual de largo que el de ida, pero los sentimientos eran bien diferentes, mi felicidad era plena por haber estado con gente querida y que, además, así me lo han transmitido. Pero, a la vez, me sentía triste porque todo había terminado ya. La lluvia no nos acompañó esta vez, sólo un cielo nocturno muy despejado y estrellado, más de lo que estoy acostumbrada a ver.

Hoy hace una semana de todo este festival de emociones, de encuentros y despedidas, de nervios y felicidad. Miro por la ventana mientras escucho un arreglo orquestal y pianístico del tema Passion de Kingdom Hearts II y veo que, después de lucir un reluciente sol durante toda la semana, hoy vuelve a llover. Irremediablemente me viene a la cabeza la letra de una canción que dice que “en Madrid seguiría lloviendo, triste como lo dejé”, y no podía ser más acertado. Ahora sólo me queda un rincón en mi mesa dedicado a todo lo relacionado con este fin de semana que nunca olvidaré, recuerdos lejanos que prometí volver a vivir algún día, en un futuro espero que próximo.

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